Cuantos atajos
pretextos
excusas
para no mirar mi alma
para no acercarme a lo que soy
o lo que era
o lo que podía ser.
Nunca tuve fuerza
ni valor
para quitarme
las manos de la cara
para levantar los párpados
para esbozar una sonrisa
o siguiera, hablar.
Un par de ojos me miraron
me estudiaron
y llegaron a la conclusión
de que yo era para ratos;
menos mal que alguien llegó
y lo dejó ciego
al despojarlo de su voluntad
pues, ¿a cuántas más
les habría marchitado el alma
de no ser por un par de piernas
que vinieron a distraerlo
de su mal actuar?
Otros ojos me miraron
me estudiaron
y llegaron a la conclusión
de que mi años pesaban
que mi expresión melancólica era,
¿cómo lo decía?,
inadecuada
para alguien que fuese compañera suya.
Dejé de lado la espera
y fui yo,
con un antifaz,
en busca del objeto de mi venganza.
No los miraba,
no me miraba
pues de hacerlo
habría desistido.
Los amé, los usé
luego fui alejándome
para que al despertar
no sintieran mi aliento junto al suyo
impidiendo que buscaran
alguna explicación.
Deambulando, sollozando
y con la venda en los ojos
caminé sin rumbo
hasta que en mis delirios
me lo topé.
Él, ni me miró
ni me estudió
y por ende
las conclusiones sobraron.
Un café, una charla
y poco a poco fue quitándome la venda
que me impedía ver el mundo
ver mi mundo
verme a mí
tan radiante como siempre fui
tan valiente como no creía ser
tan mujer como solo yo
puedo ser.
Tras esos ratos de compañía
de soledades compartidas
supe que solo él podía ser
mi Él.
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