viernes, 30 de mayo de 2014

Marchitas

No sé desde cuándo he visto esto. No sé si yo misma lo viví. Entiendo que hay gente que da vida a otra gente, y gente que quita el aliento en más de una forma. El mundo es un campo, campo florido, lleno de cosas bellas, cosas vivas, y cosas marchitas. ¿Algo vuelve de la muerte? Jamás. ¿Cosas ganan la batalla ante la agonía? Sí, y tú, querida amiga, fuiste una de ellas. Sabes de sobra que no entiendo cómo la gente pone en juego la tranquilidad de otros por sus propios intereses, por culpa de sus egoísmos e irresponsabilidades. Fuiste flor nacida del amor, fuiste bendición encarnada en la Tierra para dar consuelo y risas a más de uno. Y luego, fuiste el objeto de las injurias, la diversión de los tuyos. Tus pequeños pétalos fueron ennegreciéndose hasta casi darte por vencida. Pero no lo hiciste. Diste tu vida, guardando el último aliento para volverte fruto, para renacer bañada en dulce ámbar. Resurgiste de las cenizas. Y ahora inspiras, ahora das apoyo a quienes nos estamos marchitando, mostrándonos como hay que estar dispuestos a morir, antes de ver el sol, de nuevo, nacer en cada uno de nuestros horizontes.

martes, 13 de mayo de 2014

Los sueños

   He sentido las presencias de seres que a la vez que miran, admiran lo circundante sin besarte con su presencia; eran sombras acuosas que danzaban en una arítmica secuencia, que desgastaban los besos que no habían de darse, que se tocaban sin tocarse, y que brillaban como rayo de luna nueva.

   No esperé entenderlos, yo solo seguí caminando, solo seguí andando sin transitar por los vastos océanos lluviosos y desiertos, desolados rincones de melancolía, de esa que cala el alma y te saca la voluntad por los ojos. 

    Son siluetas en azul y gris que me asustan y a la vez me dejan un tenue sabor a sal, quizá, por tanto llanto que he derramado desde que olvidé que todo esto es parte de mí y de mi acto de soñar.

sábado, 10 de mayo de 2014

Los 5 capítulos de mi vida

Capítulo 1: He llegado. No tengo una idea clara de dónde me encuentro, y sin embargo, obedezco las órdenes de mi biología que me llevan a cambiar a cada segundo.

Capítulo 2: Temo. ¿El mundo es tan amargo como yo lo saboreo? ¿Hay acaso momentos en que una sonrisa brote de mis labios como agua clara y bañe con su resplandor mis jóvenes y pálidas mejillas?

Capítulo 3: Caigo. Ruedo sin parar entre valiosas y esclarecedoras lecciones. Algunas me hacen llorar, otras, me dan un poco de luz dentro de mi propia oscuridad; suspiro. Siento que voy en picada, y sin embargo, no sé si temer o gozar.

Capítulo 4: El fondo. Tengo atadas en tobillos y muñecas unas pesadas y lastimosas cadenas. Lo peor es que tengo la llave atada al cuello y no me he percatado de que la movilidad, aunque limitada, me permitiría tomarla y ponerme en libertad.

Capítulo 5: Me he dado cuenta de que puedo tomar la llave.

viernes, 9 de mayo de 2014

Él puede venir después

Hace mucho que no siento ganas de permanecer en casa. Hay cosas en el mundo que deseo no ver, que deberían estar ocultas a los ojos de quien busca un poco de paz para su alma adolorida. 
Es mi cuarto un grato refugio para mis soledades añejadas, y no veo con vehemencia la hora de salir de ahí. Pero hoy es diferente. En casa cada quien se ocupa de sus pequeños y simples menesteres: el abuelo con su pipa lee aquellas páginas envejecidas junto con sus cabellos; mi hermano arma cuidadosamente el rompecabezas que espera le dé respuestas a sus irónicas polaridades. Mi  madre y mi padre no están cerca, y no sé si han estado antes o si estarán después. Ellos son como vagas memorias de un ocaso con sabor a café amargo y trufas sabor a ron. 
El ruido llega a mis oídos una vez que mi nariz ya ha sentido el aroma a tierra mojada. 
Este es un día distinto, algo tiene de diferente: hoy llueve. Es uno de esos momentos en que el cielo se desahoga con nosotros; hoy nos cuenta sus penas, sus alegrías estremecedoras o simplemente, los deseos de dar vida con sus lagrimas. 
Salgo y miro al cielo. Las gotas, heladas, aterciopeladas y a las vez desafiantes, cubren cada poro de mi rostro. Resbalan, acarician, y se pierden en el fluir de los múltiples segundos. Elevo mis manos, y ellas reciben también el regalo líquido; sonrío. 
Lluvia, querido llanto intermitente, no te vayas. 
Permanece, no dejes de sollozar. 
El sol puede venir después. Él no es muy necesario ahora.
Quédate solo un poco, 
un poquito,
unos instantes más.