viernes, 9 de mayo de 2014

Él puede venir después

Hace mucho que no siento ganas de permanecer en casa. Hay cosas en el mundo que deseo no ver, que deberían estar ocultas a los ojos de quien busca un poco de paz para su alma adolorida. 
Es mi cuarto un grato refugio para mis soledades añejadas, y no veo con vehemencia la hora de salir de ahí. Pero hoy es diferente. En casa cada quien se ocupa de sus pequeños y simples menesteres: el abuelo con su pipa lee aquellas páginas envejecidas junto con sus cabellos; mi hermano arma cuidadosamente el rompecabezas que espera le dé respuestas a sus irónicas polaridades. Mi  madre y mi padre no están cerca, y no sé si han estado antes o si estarán después. Ellos son como vagas memorias de un ocaso con sabor a café amargo y trufas sabor a ron. 
El ruido llega a mis oídos una vez que mi nariz ya ha sentido el aroma a tierra mojada. 
Este es un día distinto, algo tiene de diferente: hoy llueve. Es uno de esos momentos en que el cielo se desahoga con nosotros; hoy nos cuenta sus penas, sus alegrías estremecedoras o simplemente, los deseos de dar vida con sus lagrimas. 
Salgo y miro al cielo. Las gotas, heladas, aterciopeladas y a las vez desafiantes, cubren cada poro de mi rostro. Resbalan, acarician, y se pierden en el fluir de los múltiples segundos. Elevo mis manos, y ellas reciben también el regalo líquido; sonrío. 
Lluvia, querido llanto intermitente, no te vayas. 
Permanece, no dejes de sollozar. 
El sol puede venir después. Él no es muy necesario ahora.
Quédate solo un poco, 
un poquito,
unos instantes más.

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